La historia

El 8 de marzo de 1943, en esa panadería, Halina conoce a Edward Hertig (n.º 5678). Es “amor a primera vista”: ella le entrega una tableta de chocolate y una botella de licor de limón, y él la besa por primera vez.

Poco después, Halina es detenida dos veces (mayo y octubre de 1943), enviada al Bloque 11 y luego a Birkenau (n.º 68919). Trabaja en comandos de campo y en el zurcido de ropa, más tarde es trasladada a Ebingen y evacuada a Ravensbrück y Eberswalde. En abril de 1945, la Cruz Roja Sueca la evacúa a Suecia a través de Dinamarca; regresa a Polonia el 2 de noviembre de 1945.

Edward —panadero de Bukowsko— fue arrestado ya en junio de 1940 por ayudar a personas a cruzar a Hungría. Pasa por cárceles y campos, entre ellos Auschwitz, y más tarde Neuengamme y Buchenwald; en 1943 también describe un “experimento” médico en el hospital del campo.

Tras la guerra, los Hertig reconstruyen su vida. Edward participa en la construcción de la iglesia de San Maximiliano en Oświęcim; para el autor, ellos encarnan la ternura, la perseverancia y la fe, y su destino se convierte en un prisma para reflexionar sobre la memoria y la responsabilidad.

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Personajes

Halina Bańko (Hertig)

Nativa de Oświęcim; ayudó clandestinamente a los prisioneros. Detenida en dos ocasiones y deportada a Auschwitz-Birkenau (n.º de prisionera: 68919), más tarde a Ravensbrück. Miembro del Armia Krajowa (AK), grupo partisano «Sosienki». Tras la guerra regresa a Polonia. Su motor fueron la esperanza y el amor.

Edward Hertig

Panadero de Bukowsko, prisionero desde 1940 (entre otros, Auschwitz, Neuengamme y Buchenwald), n.º de prisionero: 5678. En 1943 trabaja en la panadería de Oświęcim, donde conoce a Halina; después de la guerra se convierte en el pilar de su familia y se implica en la vida comunitaria.

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Personajes principales del libro

Fragmentos

Cigarrillos en el bolsillo, una garrafa de licor de limón «según la receta del abuelo» en la mano y una tableta de chocolate. Solo entro un momento, y sin embargo todo se detiene cuando mi mirada se engancha con la de Edward y ya no quiere soltarse. Calor por dentro, manos sudorosas, una sonrisa que intenta ocultar el temblor. Le entrego el paquete. Él me alcanza, me desliza a la sombra de los sacos de harina, me abraza. «Dios, qué beso fue ese». Acordamos cómo encontrarnos después de la guerra, si… si es que habrá un «después de la guerra». Salgo, y él me sigue con la mirada un instante más. Detrás de la puerta espera alguien que no debería vernos juntos…
Oświęcim conoce mis pasos, pero ese día oigo otros —más pesados, decididos—. Dos veces durante la ocupación me atrapan los SS. Preguntas breves, miradas frías, silencios demasiado largos. Pienso en las cartas para los prisioneros, en las pastillas y el chocolate que llegaban a la panadería, en cada cosa pequeña que podía salvar un día o una vida. Bastaba mirar mal, levantar la cabeza un centímetro de más. La puerta dio un portazo. «Mitkommen». Camino. Aún no sé adónde, esta vez. Solo sé que, si me quiebro hoy, no llegaré a cumplir lo que prometí en la penumbra polvorienta de harina de la panadería. Y entonces oigo los primeros chirridos metálicos de las llaves…
Primero, un breve susurro: «Los americanos se acercan». Luego forcejeos, órdenes, más unidades, y de pronto un olor a quemado: la paja bajo nosotros prende fuego. No hay tiempo para calcular el riesgo. Saltamos del escondite, una ráfaga desgarra el aire, pero las primeras balas nos pasan de largo. Nos dispersamos. El bosque parece cercano e imposible a la vez. Solo unos pasos más, unos pocos… algo me tira del brazo izquierdo. Sangre. El miedo de quedar lisiada, de que ese sea el precio de esta última recta hacia la libertad. Un SS me alcanza junto a la carretera, un puño pesado como una granada me golpea la sien: oscuridad. «Date la vuelta». Sé lo que suele significar esa palabra. Y, sin embargo, en ese preciso instante estalla un estruendo que lo cambia todo…

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Reseñas

«Es un libro que impacta por su sencillez y su verdad. El autor no se recrea en la crueldad; nos guía por lo concreto: fechas, lugares y decisiones cotidianas de las que nace el valor. El amor de Halina y Edward funciona como un faro: no edulcora la realidad, la ilumina. Lo leí varias veces y en cada lectura descubrí nuevos detalles. Ideal para conversar con jóvenes sobre responsabilidad y memoria. Permanece mucho tiempo en uno después de la última página.»

 

Anna, profesora de historia

«Rara vez encuentro un relato tan honesto sobre la guerra y los campos. Hertig no pierde de vista al ser humano ni un instante: su hambre, su miedo y, aun así, su deseo de hacer el bien. Ritmo excelente, fragmentos documentales escogidos con acierto, cero retórica. Un testimonio conmovedor de cómo los “pequeños” gestos —pan, chocolate, una carta— pueden salvar. Para mí, una lectura imprescindible que enseña que el pasado no es un museo cerrado, sino una responsabilidad aquí y ahora.»

 

Marek, aficionado a la no ficción

«“El Panadero de Auschwitz” es un libro fácil de recomendar y difícil de olvidar. Los hilos familiares se entrelazan con el documento de forma tan natural que el lector avanza por la historia a pesar del peso del tema. Lo que más valoro es la ternura de la narración: sin gritos, sin efectos baratos y, sin embargo, con una enorme fuerza. Una historia que te levanta del suelo, recuerda la “no indiferencia” y deja una huella luminosa en el corazón.»

 

Dorota, bibliotecaria

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